Natalia Escaño López es artista transdisciplinar. Su práctica entrelaza pintura, fotografía intervenida y cine documental con intervenciones site-specific y materiales del territorio como arcillas, micelios, sílices, plantas, aceite de oliva y lana local.
Hay mujeres recolectoras de historias. Mujeres que viven, narran y crean desde el territorio. Tras diez años desarrollando proyectos artísticos y sociales en Brasil, Marruecos y Bulgaria, Natalia Escaño regresó a la Sierra de Huelva y encontró en sus raíces una forma de volver y también una manera de estar en el mundo. Graduada en Bellas Artes, descubrió en el territorio un sinfín de posibilidades para crear desde la materia, la memoria y los vínculos que sostienen la vida rural.
Durante el confinamiento, realizó un documental sobre las mujeres rurales de la Sierra con el que retrató la realidad de estas mujeres en su entorno. Un trabajo que le valió un premio en el World Fest de Huelva y algo aún más valioso, empezó a mirar con otros ojos el medio rural. “Cuando eres pequeña ves el campo desde la dureza del trabajo diario. Pero, luego descubres otra dimensión: una red de mujeres que sostienen el territorio y una cantidad enorme de proyectos que hablan de soberanía alimentaria, justicia social y el derecho a quedarse a vivir en el pueblo”, explica.
Ese redescubrimiento de la Sierra de Huelva marcó el inicio de una nueva etapa en el que Natalia desarrolla su actividad como artista transdisciplinar. Su práctica entrelaza pintura, fotografía intervenida y cine documental con intervenciones site-specific y materiales del territorio como arcillas, micelios, sílices, plantas, aceite de oliva y lana local. “He aprendido que en el medio rural los trabajos nunca son tan específicos como en la ciudad y por eso mi trabajo es un reflejo del entorno que habito”.



El arte como herramienta para visibilizar el territorio
Natalia desarrolla proyectos de arte, comunidad y regeneración ecológica. Asegura que el arte territorializado, ligado a un lugar concreto, tiene mucha más capacidad de transformación que el arte global. “En los pequeños territorios hay tradiciones muy arraigadas que ofrecen soluciones a los problemas actuales”. Desde esta perspectiva, el arte puede funcionar también como un puente entre la cultura y la producción local, ayudando a que quienes visitan el territorio comprendan mejor su valor.
Además de su actividad artística, Natalia participa en el proyecto familiar de la finca ecológica Montefrío, dedicada a la crianza tradicional de cerdo ibérico de bellota en dehesa. La finca también gestiona casas rurales, lo que permite abrir el espacio a personas interesadas en conocer la vida en el campo. “Invitamos a la gente que nos visita a conocer cómo vivimos aquí: ordeñar cabras, hacer queso o recoger plantas silvestres. Es el camino a que la gente conozca nuestros recursos y los valore”.
Junto a Sara Rey de la asociación Ablanse y Sete Buenavista de la empresa Esencia Rústica, Natalia forma parte del proyecto Inspira Territorio, una iniciativa orientada a visibilizar proyectos locales y fortalecer las redes comunitarias. Ella coordina el museo gastronómico al aire libre de esta iniciativa que busca contar la historia del pueblo y mostrar lo que está pasando ahora: quiénes producen, crean e innovan.
Barreras para el emprendimiento rural
A pesar del potencial de estos proyectos, Natalia señala que el emprendimiento rural continúa enfrentando importantes dificultades. Una de las principales es la burocracia administrativa, especialmente en el ámbito agrario y ganadero. “Una finca con mil cerdos tiene que presentar prácticamente los mismos papeles que una con treinta. Las normativas no están adaptadas a los minifundios, que son lo que predominan en la Sierra y en los territorios rurales”.
También señala que muchas veces no se reconoce el valor ambiental de los sistemas productivos tradicionales.” Las huertas familiares, explica, son espacios de biodiversidad donde conviven mariposas, escarabajos, aves o anfibios, pero ese valor raramente se tiene en cuenta”.
Recuperar las historias del territorio
Los trabajos de campo, las tradiciones y las maneras de producir forman parte del patrimonio cultural del territorio. Además, en los entornos rurales, el ocio y el tiempo de trabajo están muy entremezclados e interactúan. “La gente comparte tiempo mientras trabaja, ya sea pelando garbanzos, cardando la lana o cuidando de la huerta. Por eso -reflexiona Natalia- no podemos llevar la cultura al mundo rural igual que al urbano. La manera de hacerlo es accediendo a los espacios donde la gente trabaja para compartir con ellos el periodo de creación que, a mi modo de entender el arte, es la parte más interesante”.