Regresar al pueblo: el camino de vuelta a la España vacía

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Juan es un piloto que se mudó a Megeces; Enrique, un banquero que se instaló en Fresno; Raquel, una administrativa que volvió a San Román; y Eva, una fotógrafa que regresó a Trigueros. Todos buscaron un futuro profesional y sosiego.

Reportaje de R. Gris, publicado en El Día de Valladolid.

Son muchas las razones que llevan a los vecinos del medio rural vallisoletano a salir de sus municipios en busca de una nueva vida. Los estudios, las oportunidades laborales, incluso los amigos o el amor son fundamentos de peso para dejar los hogares de sus familias con un destino urbanita. La despoblación es consecuencia de múltiples factores y afecta a la mayor parte de los municipios fuera del área metropolitana de la capital. Los jóvenes se marchan para comenzar a trabajar y, en la mayor parte de las ocasiones, ya no regresan a su pueblo nunca más o lo hacen ya con la jubilación. Aunque siempre hay excepciones, personas que hacen el camino de vuelta de la España vacía: Juan es un piloto que se mudó a Megeces; Enrique, un banquero que se instaló en Fresno; Raquel, una administrativa que volvió a San Román; y Eva, una fotógrafa que regresó a Trigueros. Todos buscaron un futuro profesional y sosiego.

El escenario de crisis económica hizo que muchas de estas personas que se habían planteado una vida fuera del medio rural se replantearan la situación. La pérdida de los empleos en las ciudades hizo que algunas regresaran a su pueblo en busca de una vida más económica, pero también más tranquila y confortable, lejos de la vorágine y el frenesí de las urbes.

El motivo del regreso al hogar no solo se potenció debido a la falta de empleos en las ciudades, sino que también en algunas ocasiones ha venido motivado por el hartazgo de la tipología de vida de las ciudades. Son muchas las personas que han desarrollado su labor profesional fuera de su pueblo y, después de décadas de trabajo, se han decidido por el inicio de un nuevo proyecto en el medio rural.

De esta forma, El Día de Valladolid repasa en estas líneas algunos ejemplos de vallisoletanos nacidos en pueblos de la provincia que, después de vivencias académicas y laborales en diversos lugares de la provincia y el país, e incluso fuera de las fronteras españolas, han vuelto.  La conclusión es clara: Ninguno se arrepiente de la vuelta. Todos ellos han encontrado esa «calidad de vida» que andaban buscando y afirman que tienen el tiempo necesario que antes les faltaba. La vida en el medio rural les ha proporcionado mejoras sustanciales en su día a día y les ha regresado al contacto con sus familiares y amigos de la infancia.

Y lo más importante para sus municipios sea tal vez que han proporcionado nuevas iniciativas empresariales a sus respectivos municipios creando riqueza y fijando población en el medio rural, y encima lo han conseguido mejorando su estilo de vida. Por el momento, ninguno se arrepiente.

Juan Tablares: «Tengo claro que el resto de mi vida continuaré vinculado a Megeces. Aquí está mi casa»

Tiene 39 años y tiene claro que el resto de sus días estarán vinculados a Megeces, el pueblo de su familia. A los 18 años, con la mayoría de edad, se fue a Salamanca a estudiar para piloto de aviación en la Escuela de Matacán. Su adolescencia y las primeras vivencias de su vida se mantenían en el pueblo. Lo suyo es vocacional y por eso después de sus estudios decidió ‘volar’ rumbo a Escocia para ejercer allí como piloto. Estuvo durante más de un año y medio enseñando a otros pilotos, pero con un hijo y un segundo en camino decidió que había llegado el momento de volver a casa.

No lo pensó demasiado e hizo las maletas para volver a Megeces. «Al menos aquí puedo ver a mi familia». Estuvo en ciudades como Glasgow y Edimburgo trabajando a un gran ritmo y pasó de esa situación a vivir en una pequeña localidad en el medio rural. Sin embargo, y pese a ese gran cambio, tiene claro que el resto de su vida estará vinculada a Megeces. «En ese momento, prefería que mis hijos se criarán en España. Ahora, no lo cambio por nada».
Sus padres tenían una finca que dedicaban al cultivo tradicional y él pensó en cerrar el ciclo en ecológico. Pensó en llevar a cabo un proyecto para criar gallinas y alimentarlas a base del cultivo que sembrara en la tierra de sus padres. Dicho y hecho. Cultiva unas 120 hectáreas y mantiene 1.200 animales. «No me arrepiento para nada, trabajo cuando quiero, soy mi propio jefe y tengo el tiempo suficiente para estar con la familia». Su día a día ha cambiado mucho. Ahora lleva a los niños al colegio, prepara los pedidos, recoge los huevos… Reconoce que Megeces tienen todos los servicios y una calidad de vida elevada a pesar de sus 450 vecinos. Si alguien quiere encontrarle, que busque en Megeces. Allí estará.

Enrique Marcos: «Cuando vienen autobuses a ver el zoo, la economía del pueblo se beneficia. Es una satisfacción»

Sus padres tenían vacas y ovejas en Fresno el Viejo cuando era un niño. Curso sus estudios en Valladolid y trabajó en la banca durante 25 años como agente comercial y financiero. Durante todo este tipo siempre trabajaba con la corbata puesta, pero la idea de crear un zoo donde pudiera estar en contacto con los animales, su gran pasión, siempre estuvo en su cabeza. Ya en el año 2008 comenzó a fraguar el proyecto poco a poco y fue en 2013 cuando lo puso en marcha.

Reconoce que fue difícil por todos los papeleos y la burocracia necesaria para su puesta en marcha, pero afirma con total rotundidad que «merece la pena». Comenzó compaginando su empleo en la banca con las aves en Fresno. Vivía en Medina del Campo, pero decidió mudarse hasta su pueblo.

Se encuentra totalmente satisfecho y ya no piensa en otra forma de vida que no sean sus aves, sus amigos de toda la vida y sus recuerdos de la infancia. «Tiene todo tipo de servicios, la vida en el pueblo está muy bien y además no tengo que coger el coche para nada. Aquí está todo cerca».
Este mes de septiembre se ha cumplido un año desde que se instaló de forma definitiva en Fresno el Viejo. Se muestra completamente satisfecho con su modo de vida actual, con ese contacto cercano que mantiene con la gente y con el hecho de poder estar con su familia de manera más frecuente, se podría decir que incluso más habitual. El contacto con su gente es más cercano.

Ve un futuro lleno de ilusión, con una cotidianidad que le gusta. Se levanta cada mañana y pasea hasta su trabajo, el algo «que no está pagado con dinero». Habla de su labor económica para el pueblo, ya que varios autobuses llegan los fines de semana para ver el zoo y eso también repercute en la economía del pueblo. Se muestra contento.

Raquel Gago García: «La vuelta al pueblo me ha permitido ver crecer a mis hijos y vivir de algo que es mío »

Nació en San Román de Hornija hace 47 años. A los 14 se fue interna a un colegio de monjas a Salamanca. Volvió a su pueblo desde la ciudad charra hace 14 años. Lo hizo con trillizas y un bebé de un año y dos meses. Su padre se jubiló y ella vio una gran oportunidad de criar a su familia en el pueblo. Llevaba 16 años trabajando en una empresa de material deportivo como administrativa. «Fue un acierto». Lo asegura a pesar de que reconoce que el mundo de la agricultura es «tradicionalmente de hombres» y ha tenido que soportar «muchas zancadillas». «Hago un balance muy positivo porque me ha permitido ver crecer a mis hijos y vivir de algo que es mío».

Se levanta cada día sobre las seis de la mañana para atender las cosas de las casa y llevar a sus hijos a Tordesillas al colegio y después se marcha al campo para hacer la función que toque en cada estación del año. Lamenta que los servicios que ofrece su pueblo sean mejorables. «El colegio es una pena y no tenemos médico más que tres días a la semana», manifiesta Raquel apenada, a la vez que afirma que no existe relevo generacional. «No hay jóvenes en el pueblo».
Afirma con firmeza que el campo es su vida y que para ella el pueblo representó una forma de salir adelante con sus hijos y seguirá haciéndolo, seguirá vinculada a la agricultura, lo sabe. Pero al mismo tiempo se plantea posibles problemas para el futuro de sus hijos, ya que es consciente de que tendrán que salir del pueblo cuando pasen los años. Sus hijas tienes 14 años y su hijo 13 y se pregunta qué pasará cuando necesiten ir a la universidad. «Si quieren estudiar tienen que irse». Por el momento, el pueblo le ofrece todo lo que necesita y la cercanía de su familia le alegra los días.

Eva María Manuel: «Te tomas la vida con una filosofía diferente, es un día a día sin sobresaltos, es más tranquilo»

Trigueros del Valle es el pueblo de sus abuelos paternos. Sus padres vivían en Valladolid y visitaban el municipio los fines de semana, festivos y vacaciones. «Íbamos mucho». Cursó estudios de Formación Profesional en imagen y comenzó a trabajar en una productora. En el año 2000 se marchó a Inglaterra para aprender inglés y poder trabajar en su sector, ya que en España era muy complicado. Recorrió varias ciudades durante tres años hasta que encontró trabajo en Valladolid. La crisis económica hizo que perdiera su puesto en 2012, pero se embarcó en un nuevo proyecto en 2016 para recorrer Latinoamérica grabando un reportaje y, durante este periodo residió en Quito. Fue en las Navidades de 2017 cuando volvió a España. Conoció la noticia de que el Ayuntamiento de Trigueros buscaba una persona que se aventurara en el proyecto de apertura de una pequeña tienda para el pueblo. «Las condiciones eran muy buenas y las opciones de encontrar un trabajo de lo mío en Valladolid eran limitadas y me aventuré».

Reconoce que el cambio de vida ha sido muy grande, pero ella se ha adaptado bien a la vida del pueblo?. «Te tomas la vida con otra filosofía, es un día a día sin sobresaltos. Todo es mucho más tranquilo y la verdad es que yo estoy muy a gusto».  Ahora, incluso se ha apuntado al grupo de teatro aficionado porque les faltaba gente y a ella le sirve como entretenimiento. «La verdad es que acabas organizándote en tu micromundo».

Después de vivir en medio mundo, no sabe si será capaz de permanecer para siempre en Trigueros del Valle, pero de momento su idea es seguir. Es un motivo de satisfacción el hecho de prestar a los vecinos un servicio tan importante como la compra diaria de pan o alimentos básicos. «Estoy muy contenta».

Asociación para el Desarrollo Rural de Andalucía

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